En un estudio realizado por la Universidad de Carnegie Mellon se utilizó a 193 voluntarios en estado pleno de salud, entre 18 y 55 años, fueron suministrados de unas gotas nasales para producir en ellos una gripa tradicional. Previamente se habían monitoreado las tendencias emocionales de cada persona para determinar si eran más propensos a emociones negativas como ansiedad, depresión, y enojo, o por el contrario tendían más a la calma y la alegría. Una vez que desarrollaron los síntomas del resfriado se recolectaron muestras de sus mucosas para compararlas entre sí. Los resultados fueron muy claros: todos aquellos voluntarios que habían demostrado un patron emocional más optimista produjeron menos mucosa y mostraron una menor intensidad en los síntomas. La conclusión fue que la actitud tenía un impacto directo en el plano biológico.
Otro exhaustivo estudio realizado a lo largo de 30 años en la Clínica Mayo y que fue aplicado a 447 personas, comprobó que la mente y el cuerpo estan directamente enlazado y que la actitud tiene un impacto determinado en el fin del camino, la muerte. Se demostró que la gente optimista tiene 50% menos riesgo de morir prematuramente. De manera complementaria un estudio de la Universidad de Yale preguntó a 660 personas mayores si estaban de acuerdo con que la gente se vuelve menos útil cuando alcanza la vejéz. El resultado fue impresionante: aquellos que no estuvieron de acuerdo con esta premisa vivieron en promedio 7.5 años más que el resto. Finalmente un estudio realizado en Holanda comprobó, después de mapear las tendencias emocionales y la actitud de 999 personas con más de 65 años, que las personas con una actitud positiva tenían 77% menor riesgo de contraer una enfermedad del corazón que sus similares pesimistas.
El mensaje es claro. La separación entre mente, cuerpo, y espíritu, es simplemente un recurso cultural que nos ha permitido catalogar, de acuerdo al método racional, las diferentes facetas de la integridad humana. Sin embargo, es evidente que más allá de esta acercamiento para entender nuestra naturaleza, en realidad no existe división alguna entre todas estas facetas: la unidad es una. Si consideramos que todo somos, literalmente, uno en este universo, y que más allá de la buena voluntad implícita en esta frase y de las posturas místicas que nos hablan de ello, existen fenómenos comprobados científicamente que nos sugieren esta realidad, sería muy limitado concebir a la naturaleza humana como una entidad fragmentada. Y no se trata de que la mente, el cuerpo, el espíritu, y el alma esten estrechamente relacionados, se trata de que simplemente son uno mismo.